En 1997, William Greider, en un libro memorable, ”One World, Ready or Not” (The Manic Logic of Global Capitalism), http://images.amazon.com/images/P/0684835541.01._AA240_SCLZZZZZZZ_.jpgse formulaba esa inquietante pregunta. Y contestaba: “La globalización se nos representa como un vehículo monstruoso y sofisticado que se autopropulsa a velocidad supersónica, ignorando fronteras y arrasando lo que encuentra a su paso. Lo más grave es comprobar que esa máquina no tiene nadie al volante. De hecho, no tiene volante. Tampoco un conductor que pueda controlar su dirección y velocidad. Se propulsa por la necesidad de maximizar ganancias y se guía por sus propios apetitos. Y lo que es peor… sigue acelerando”. Esa suerte de avión supersónico, carente de plan de vuelo y de controles, que respondan a un centro de decisiones o una hoja de ruta, se estrelló en Wall Street el 11 de Septiembre de 2008, con la quiebra de la centenaria firma Lehman Brothers desatando la mayor crisis económico-financiera desde 1929.

Es lógico, pues, que el interrogante sobre ¿quién conduce el proceso de globalización? se vuelva acuciante, luego del estallido de la crisis.
Durante la década de los 90, mientras la rueda del casino financiero global giraba maníacamente y el sueño de la especulación infinita proyectaba la fantasía del optimismo perpetuo, existía la presunción de que alguien estaba a cargo de la conducción. Mientras el G7 (las gran es potencias económicas capitalistas) bajo el unilateralismo norteamericano como piloto, trataban vanamente de imprimirle alguna dirección al proceso, el World Economic Forum, desde Davos, operaba como la usina intelectual y colegio cardenalicio de la nueva teología del “mercado global autogobernado”.
http://www.landcoalition.org/cpl-blog/wp-content/uploads/logog8_aquila_small.jpgLuego incorporaron a Rusia, creando el G-8, en un intento de compartir los riesgos de este viaje espacial cotripulado.
Cuando la crisis de 2008 estalla y nos despertamos del “sueño especulativo eterno”, los países ricos descubren que los emergentes tienen algo que decir sobre el plan de vuelo y los incorporan a la tripulación para reconstruir, con los restos de la nave colapsada, una nueva arquitectura financiera internacional. Así, aparece en escena el G-20 (los 8 más 12 países emergentes que se reúnen en Washington primero y en Londres después).
Este mes de Julio de 2009 en su reunión de L‘Aquila, Italia, l G-8 sumo a 19 países y varias organizaciones internacionales, para tratar la crisis económica, el problema del hambre y el calentamiento global. Es decir, estuvieron los 8 más 11 países emergentes entre los que se contaron China, Brasil, México y Egipto, entre otros.

¿Qué se busca con estas ampliaciones de la mesa de las decisiones globales? Compartir la responsabilidad y los costos sociales de una crisis que generaron, básicamente, EE.UU. y sus socios originarios. Todo apunta a transformar al G-20 en una supuesta plataforma de gobernabilidad del sistema mundial, con miras a la reunión a celebrarse en Septiembre en Pittsburg, Estados Unidos.

¿Por qué? Porque aunque hay indicadores de recuperación -a partir de Junio- en las economías capitalistas de Occidente y China comenzó su recuperación en marzo, la desocupación aumenta en el mundo entero. En junio se perdieron 473.000 puestos de trabajo en EE.UU. y el desempleo trepó al 9,6%. Es decir que, en cuanto a los efectos sociales de la crisis, lo peor está por venir. Ello ha provocado que Nicolás Sarkozy y hasta Joseph Ratzinger alertaran sobre la “necesidad de un orden mundial más democrático que otorgue un papel mayor a los países emergentes y la urgencia de una nueva y verdadera autoridad política mundial, sin la cuál no se puede conducir la globalización” (Veritas in Caritate, Cap. 6, punto 67). Lula sostuvo -contundente- que el G-8 ya no tiene razón de existir.

Finalmente y a pesar de los devaneos neo-liberales de Davos los líderes del mundo han entendido que la globalización
es un proceso simultáneo de fragmentación e integración, en que la producción se descentraliza, al tiempo que se concentra en el sistema integrado de producción transnacional. El resultado es la unificación del mercado, a través de un solo modo transnacional de producción y el predominio de una lógica de desterritorialización. Cada fase del capitalismo genera su sistema de instituciones políticas y económicas, que tornan posible el proceso intensivo de acumulación. Es la idea de Marx: “En el capitalismo, no hay nada particular fuera de lo general”. Por eso la globalización no es solo un fenómeno económico, sino también un proceso de integración creciente en términos políticos, sociales y culturales.”

Raymond Arón fijó la regla estratégica primordial: “El que sabe el qué, descubre el cómo”. Por eso el G-8 no es más el eje del poder mundial y el G-20 intenta transformarse en la nueva plataforma de gobernabilidad global.
¿Lo logrará? Nadie lo sabe. Ya apareció otra propuesta, una nueva contradicción, que dice: El G-8 debe ceder el paso al G-192, es decir a todos los países miembros de la Organización de las Naciones Unidas. Los 192 países que integran el nuevo grupo se reunieron en Nueva York, en la Asamblea General de las Naciones Unidas realizada entre el 24 y
el 26 de junio pasado. El presidente del Grupo, Miguel D’Escoto Brockmann, a la sazón Presidente de la Asamblea
de la ONU, criticó al G-8 y la reunión de L’Aquila diciendo que mientras se jactan de representar el 65% del Producto
Bruto Mundial, solo incluyen al 14% de la población del globo.

El G-192 ya cuenta con su Comisión de Expertos que preside Joseph Stiglitz, la que ya comunicó sus recomendaciones, http://blog.choike.org/eng/wp-content/uploads/2009/07/stiglitz.jpgentre ellas, la democratización del FMI, el Banco Mundial y la OMC, el uso de una nueva moneda global de reserva que desplace al volátil dólar estadounidense, el establecimiento de regulaciones más estrictas sobre los mercados financieros, las agencias calificadoras de riesgos, los derivados y la asunción de riesgos excesivos. Los expertos propusieron, también un impuesto sobre las transacciones financieras para reducir la volatilidad y proporcionar ingresos para financiar el Consenso de Monterrey de 2002 y los Objetivos de Desarrollo del Milenio, con el fin de reducir la pobreza y mejorar la salud y la educación.
Cuenta con el apoyo de 21 organismos de las Naciones Unidas y proporcionará un espacio de participación a  las organizaciones de la sociedad civil a través del Foro Social Mundial, una especie de anti-Davos que se reúne desde el año 2000.
Como verá, estimado lector, es difícil predecir quien gobernará la globalización, en el supuesto que este proceso
vertiginoso de concentración y acumulación capitalista,  sea susceptible de ser gobernado.

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