La Cumbre del G‐20 en Pittsburgh (24 y 25 de Septiembre de 2009), tercera en un año, permite hacer una radio‐grafía sobre la naturaleza y funcionamiento de ese organismo. Se trata de un experimento para ver si los países desarrollados y emergentes pueden operar como un Directorio que conduzca la economía global.

Está claro que no todos los países desarrollados tienen el mismo peso en esa conducción, como tam‐poco se equiparan los emergentes.
Si uno acerca la placa radiográfica a una pantalla de luz, lo que se ve son dos grandes núcleos dominantes. En el hemisferio desarrollado: EE.UU., en el hemisferio emergente: China.
Ambos buscan legitimar ante un foro diverso –de múltiples actores y retóricas‐ el plan que concertaron hace dos meses (26/28 de Julio de 2009) en el Primer Diálogo Estratégico Chino‐Estadounidense, celebrado en Washington.
La crisis de las finanzas y la economía internacional, desatada en Septiembre de 2008, aceleró este “matri‐monio de conveniencia” entre las dos potencias más influyentes del planeta.

Si el foco se desplaza de los actores a la agenda, el resultado es idéntico.
Los temas más reiterados, ‐transformación del orden económico mundial, regulación del sistema financiero, creación de nuevas instituciones en lugar del FMI y Banco Mundial, defensa y promoción del empleo, control de sueldos y bonificaciones de los ejecutivos, eliminación de paraísos fiscales, re‐impulso de la Ronda de Doha, apoyo al control del cambio climático y su financiamiento‐ han quedado sepultados bajo una catarata de discursos que contribuyen a disimular la agenda real.
Por ejemplo, los temas monetarios y cambiarios, no están incluidos en la agenda oficial.
Sin embargo, la esencia de lo acordado en Pittsburgh es el plan para corregir los desequilibrios de la economía mundial, que tiene a EE.UU. y China como actores centra‐les, mientras la Unión Europea juega un papel suplementario.
Dicho plan propone un cambio de dirección en los flujos del comercio internacional, de modo que los países superavitarios acumulen menos y consuman más y los deficitarios exporten más y consuman menos.
Esto se traduce así: un fuerte crecimiento del mercado interno en China, liderado por la demanda; mientras se aplica gradualmente –una vez terminada la recesión‐ un ajuste en EE.UU. que limite el sobre‐consumo.
En esencia, el Plan, se apoya en la idea de un dólar más débil que otorgue mayor competitividad a las exportaciones estadounidenses, acompañada de una reducción de su déficit fiscal y comercial, lo que implicaría medidas tributarias para alentar el ahorro privado.

El mayor desafío es para China que tendría que reconfigurar su economía para que dependa menos de las exportaciones a EE.UU. y la acumulación de gigantescas reservas de dólares y bonos del Tesoro. Ello, significaría una paulatina revaluación del yuan y una inversión de 800 mil millones de dólares para sostener y aumentar el consumo y la demanda. En suma, que China ahorre y acumule me‐nos, consumiendo más.
La contrapartida que obtiene China es el aumento del poder de voto de sus aliados del BRIC en el FMI, la condena del proteccionismo por las potencias occidentales y el aseguramiento de que la reducción de sus exportaciones se traducirá en un aterrizaje suave.
Sin embargo, la “luna de miel” entre las dos superpotencias, no está exenta de riesgos. Un par de semanas antes de la Cumbre de Pittsburgh la Administración Obama autorizó un aumento de hasta el 35% de los aranceles que pagan los neumáticos para automóviles y camiones, de procedencia china, para ingresar al mercado estadounidense.
Esta “guerra de los neumáticos” explica la insistencia y el énfasis de China para que se expresara, en la Declaración Final de Pittsburgh, una condena clara y contundente del proteccionismo en todas sus formas.
Ambas potencias son conscientes de la responsabilidad que les cabía y, en las horas previas a la Cumbre, dieron señales de distensión.
El Secretario de Comercio de Obama, Gary Locke, prometió que “las oportunidades comerciales entre ambos países mejorarán y aumentarán”. Por su parte, el Comité Central del Partido Comunista Chino, prohibió a los medios info.‐mativos el uso del término “guerra comercial” para Calificar el diferendo.

¿Qué diagnóstico surge de la radiografía del G‐20?

sí las cosas, cabe preguntarse: ¿Qué diagnóstico surge de la radiografía del G‐20? Repasemos los resultados de sus 3 Cumbres (Washington, Londres y Pittsburgh): A

  • Una inyección sin precedentes de liquidez para sal‐var a bancos y grandes empresas, que ratifica el pre‐dominio de la lógica especulativa y favorece los procesos de concentración del capital financiero.
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Goldman Sachs Tower, New Jersey

  • El fortalecimiento y relegitimación del FMI como responsable de la estabilidad financiera internacio‐nal.
  • La recuperación del capital financiero es paralela e inversamente proporcional al deterioro del empleo en el mundo. La participación de la Organización Internacional del Trabajo en Pittsburgh no puede ocultar los resultados de su última revisión al alza de las previsiones de desempleo mundial. Para el año en curso, alcanzarían un nivel récord de entre 219 y 241 millones de personas: entre el 39 y el 61%, más que en 2007.

La sustitución del G8 por el G20
Si nos preguntamos ¿qué es lo que ha cambiado, entonces, al sustituir el G‐8 por el G‐20? La respuesta será: hasta ahora, muy poco.
Se ha hecho un uso abusivo de la letra “G”.
Curiosamente, con esa letra comienza el término “Gatopardismo”, usado para designar los cambios cosméticos que encubren la continuidad de lo esencial.
También con esa letra se inicia la sigla “Goldman Sachs”, cuyos ejecutivos han sido una presencia perdurable en sectores claves del sistema financiero globalizado. Desde Robert Rubin y Henry Paulson, Secretarios del Tesoro con Clinton y Bush, respectivamente, hasta Timothy Geithner, actual Secretario del Tesoro con Obama.
Sí, es la misma firma que –con la desaparición de su competidora Lehman Brothers‐ ha pasado a ocupar una posición de privilegio en el mercado financiero mundial.
Les ha ido bien. Al fin, las crisis son oportuni‐dades para crecer. Por eso, distribuyen –en promedio‐ U$S 700.000 dólares anuales en bo‐nos a sus 30.000 empleados.
Como el lector advertirá, vivimos en un mundo altamente simbólico.
Hu Jintao llegó a EE.UU., la semana pasada, coincidiendo con la conmemoración del 60 aniversario del primer disco‐rso de Mao anunciando la fundación de la República Popular China (1949).
El día de su entrevista con Obama –por primera vez en la Historia‐ la bandera roja con cinco estrellas amarillas fue izada en el mástil de la Casa Blanca.
A su vez, en las calles de Beijing, los vendedores ambulantes ofrecen camisas con el rostro del Presi‐dente Obama, vestido con el uniforme verde‐oliva de cuello rojo y el gorro adornado con una estrella, que universalizara Mao Tse Tung.
Vamos hacia una convergencia, hasta hace poco impen‐sable, que se expresa en el ícono impreso en las camisetas chinas. Podría ser la insignia del G‐20, al que si le sacamos el cero, se le podría llamar:

OBAMAO

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